miércoles, 10 de agosto de 2011

IDENTITY



Escribir es una de las formas de las que muchas personas nos desahogamos, y es por esto que en alguno de aquellos momentos de desanimo de mi vida escribí algo, que no se si sea bueno o malo, pero me sirvió mucho. Sin mas preámbulo ahí esta, espero que se pueda entender algo, igual es solo como dicen, una terapia.



La vida no es un sueño, pero un sueño es la vida, soñamos con ser mejores y mejorar lo que es malo para nosotros; creemos que las cosas existen pero no, todo es producto de nuestra imaginación, queremos que las cosas sean lo que queremos y por esto las creamos y se convierten en una creación excepcional, simplemente excelente, que nos hace reír y sentir felices, cogemos algunos momentos y situaciones que nos parecen valiosas y con la propiedad de recordar y recordarlas por mucho tiempo.


Pero resulta que el mundo es otro y cuando decidimos darnos cuenta nos chocamos contra el mundo con tanta fuerza que no reaccionamos en el momento preciso, y es ahí cuando sabemos que los sueños son sueños y las pesadillas realidad, que lo que llamamos sueños es una ilusión que llevamos dentro y salea flote en nuestro estado inconsciente. Que hay que interpretar para poder crear y recrear, conocer y reconocer, saber y entender lo que ahora sí es el mundo, insensible pero sensible, intangible y tangible, insólito y conocido, infinito y finito; que la imaginación y las ilusiones son más fuertes que la razón y la verdad, por más que esa verdad cambie. Que cambie como cambia un árbol de hojas, como cambia un ave de plumas, como cambia el clima, el mundo o la vida misma. Tanto puede cambiar esta realidad como cambia una persona se forma de ser, como si fuera ropa, como si tuviera mil opciones en un armario y cada día escogiera una personalidad diferente para portar, como si cambiara y creara máscaras para nunca repetir la misma, las toma, las modifica, las usa, las pinta, las recrea y finalmente las deshecha. Para luego intentar hacer lo mismo con los demás soñadores que no han dejado de soñar, ni de vivir. Con los que viven por un sueño y no por obligación o simple resignación, con todos aquellos que los consideran realmente buenos, únicos y especiales, pero que solo los descubren ellos, los que ya han despertado.


Cada persona que me habla lleva puesta una máscara que no siempre es la misa. La maácara es su fortaleza, de la que sale lo que quiere, cuando habla sus ideas salen a través de ese agujero llamado boca, y pueden escucharse y lograr muchas veces esa reacción que se quiere en la otra persona, es decir yo, pero a medida que abren la “boca” y dejan expresar sus ideas, hablan pero se expresan con la mente y esos sentimientos, sus verdaderos sentimientos, no salen, sino que rebotan en las máscaras y regresan a sus mentes. Y su mente los almacena todos y cada uno de ellos, pero al mismo tiempo los elimina, porque los guarda con tantas ganas que prefiere borrarlos para que no se escuchen, ni se lean, ni se sepan, o simplemente no son tan importantes que los suprimen, como sea, de una u otra forma, los borran.



El cuerpo es la expresión de lo que somos y de lo que se quiere que crean que somos, entre menos belleza tenga para el mundo, más valor tiene para nosotros porque así queremos que nos descubran, pero que nos descubran bien descubiertos. Que tengan que buscar, pero no buscar a primer vistazo, no por encima sin ver lo que hay debajo, sino que se tengan que tomarse el trabajo de desentrañar cada parte de lo que nos compone, cada fragmento, cada idea, cada partícula por pequeña que sea, de forma que descubran hasta el rincón más recóndito de nuestro ser. Y es cuando una persona llega a descubrir y entender cada uno de esos rincones con sus diversos contenidos, cuando sabemos que al fin hay alguien que, pueda no ser tan diferente de los demás pero si lo suficiente para nosotros, ha sabido encontrar ese nuevo ser en el que nos hemos convertido, y de alguna forma, poder ahora compartir con esta persona todo lo que somos, sin mentiras ni mascaras, solo nosotros, al descubierto, y de cierta manera pertenecer a esta persona, aunque sea solo un poco de nosotros y así llamarlo el alma gemela, el verdadero amor o como cada quien le tenga nombre a ese ser tan especial con quien somos diferentes, somos nosotros mismos.